Imagen de cabecera: GT22 9085

Si condujo el pinamarense el 20 de setiembre del 2009, condujo el servicio nocturno de y a mardel tantas veces conmigo arriba, y para rematar, nos vino a buscar desde Sierra a Bahía aquel 4 de marzo del 2011... ¿está mal que la considere una compañera de viaje?


Ver a una mujer en ojos de todos los perros.

  Las traslaciones emocionales se hacen presentes cuando uno menos lo espera. Y así como resultan las mujeres-libro, ellas toman formas inesperadas. A veces una experiencia vivida, por recuerrente o caraterística, se imprime en la mente de la víctima de tal forma que además de ser imprevistas y de imprimirse inadvertidas, se hacen tan constantes que el mencionado se cree entre una sensación de apego, obsesión, y locura lisa y llana.

  Si bien el perro es una raza querible sin necesidad de relación emocional previa, la resignificación del perro desde una relación que así lo incentive puede ser tremenda. Pongamos por caso, que un muchacho se encuentra y sale repetidas veces con una mujer. La mujer tiene perros que él no conoce. Pero además, la mujer tiene un aprecio notable hacia todos los perros, cosa que es novedad para el agraciado muchacho. Supongamos que en cada salida, todo perro que se acercara sea acariciado o llamado por la mujer. Que todo perro en la calle sea comentado por aquella mujer, que le exprese cariño a cada uno que viese. El hombre se siente agradado, simpático y hasta se mimetiza con ese cariño perruno.

 En esta mimetización reside el posterior padecimiento: en esta instancia el señor hace a cada can que se cruza, un gesto parecido al que hacía la querida señorita, en apropiación de sus gestos o bien en su evocación. El fenómeno se torna con tal magnitud que en ausencia de aquella mujer, mientras más larga fuese, más se acentúa la melancolía. Se le hace inevitable ver los perros en la calle y trasladarles el cariño que le guarda a ella, y no puede concretar por la distancia física o el desfasaje sentimental. Termina por querer a todos los perros, tras querer a la mujer que le enseñó a querer a los perros. Ve en sus miradas, sus ojos al acariciarla. Ve en sus reposos, el momento entre que estaba dormida y se levantaba. Ve en sus ladridos, sus momentos de euforia. Ve en sus aullidos a él mismo pidiendo ser rescatado de la tristeza.

  El perro lo asecha en todos lados: en una plaza, en la facultad, en las veredas, en las puertas de los negocios, en las paradas de colectivo. El perro se convierte en un arma que dispara a lo más profundo del hombre: el perro convierte a ese ser distraído de todo pesar, en una babosa melancólica que lo llama, lo mira con ganas de acariciarlo y se sube al colectivo mirándolo como si fuera que está perdiendo algo... porque claro: en esos ojos caninos recuerda aquello que perdió.


____
por trenazul
25/nov/2011
volver a la vía libre

0 Comentarios:

Publicar un comentario

. Enlaces recomendadísimos.