Si miro al horizonte no veo más que vacío.
Pienso en el futuro, y tanto se trate de cincuenta años o de diez minutos, en cualquier momento puede mi vida terminar y yo como si nada, desapareceré bajo la tapa de un cajón de madera brillosa, si es que tengo suerte. Seguramente de aquel momento devenga una reunión de mis conocidos en mi honor, o al menos harían algunas llamadas para enterar de mi deceso. Comentarían, algunos llorarían, recordarían lo que tuviesen ganas de mí y alguna que otra anécdota. ¿Pero qué quedará de mí? ¿Una placa en la necrópolis, fotos viejas y algún objeto que amerite ser rescatado tras una vitrina? Todo eso se acomoda, se mimetiza en el ambiente y al cabo de un tiempo se torna invisible. Lo desesperante es que cuando esos símbolos se petrifiquen en sus lugares, ya habré desaparecido por completo, ya seré olvido y volveré como antes de haber sido gestado, a la nada.
Por eso doy mi vida en el intento de que el olvido no me invada cuando yo pase al otro plano. Porque quiero ser eterno. Por ese miedo a quedar en el tiempo, a que la vida sea inútil y fugaz en los milenios de la humanidad.
Así y todo, no seré yo el que haga grandes descubrimientos, tire la piedra de la revolución, ni funde grandes empresas mercantiles, no escribiré grandes palabras ni pintaré retratos que luego sean clásicos. Puede que en el camino colabore en alguno de esos gestos, pero me concentro en andar, en compartir. Intercambiar pedacitos de existencias, regar buenos momentos con tantas personas me sean posibles. En hablar con todos los extraños, coleccionar sonrisas. En dar toda la ayuda que pueda, sin interés aparente. Porque sé que la verdadera vida post-mortem se dá solamente en la memoria de la gente en la que dejamos marcas.
Aunque mantengo esas esperanzas, soy conciente de lo difícil que será lograrlo. En pequeña escala, podría esperanzarme entonces con que algunos ideales y proyectos consigan la simpatía suficiente para trascenderme aunque sea en mi círculo de amigos y familia. Cada uno de aquellos con los que me relacione me mantendrá vivo en la memoria, tan fuerte como les pese el sentimiento que nos ha unido. Sobreviviré en la memoria del que me piense.
De todas formas, lo más probable es que nadie nunca escriba mi historia, y así cuando ellos también mueran, el olvido a ellos y a mí, nos carcomerá también.
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por trenazul
25/nov/2011








yo también quiero ser eterna! por eso escribí un cuento con vos...
ResponderEliminarescribimos nuestra historia día a día...aunque a algunos les pese leernos.
seremos metáfora.
mil besos*
Si no llegas a formar parte de un legado eterno, podrás no menos que formar parte del gran misterio de lo desconocido en el cual cabe toda la magia del Universo. Podrás ser imaginable en tu alta esencia.
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