Un día domingo Mr Crouley habló con la Muerte.
Lo primero que hizo fue preguntarle cuándo le llegaría su hora. La Muerte no quiso revelárselo. Mr Crouley insistió una, dos, muchas veces. La Muerte terminó por confesarle que sería el próximo jueves.
Mr Crouley abandonó la escena de inmediato. Empezó a recorrer frenéticamente sus últimos días. Visitar a todos sus seres queridos, besar a todas las mujeres que le gustaban, hacer todas sus tareas pendientes.
Así es que andando por avenida Corrientes en su recièn adquirido Chevrolet Vectra, mientras comía un choripán comprado en Costanera Sur y revisaba de costadito en su agenda qué otras cosas más le faltaban hacer, casi lo choca un colectivo al pasar en amarillo. La imagen de la muerte le pasó por el costado, se encendió de furia. Sacó el brazo por la ventanilla para agitar el puño e insultar al chofer del 29. En ese mismo instante, entre cambiar de mano el volante, cerrar los dedos y estirar el brazo, entre tomar mucho aire y elegir qué barbaridad gritarle primero; en ese apuro, se atragantó con una miga de pan y ahí mismo estiró la pata.
Murió el martes.








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